Antonio llegó a Argentina de la mano de su madre. Tenía cinco años cuando abordó el barco que lo trajo a reencontrarse con su papá después de mucho tiempo de espera. Con los pocos pesos ahorrados estuvieron a cargo de una quinta en la zona de Caseros y desde allí lograron reunir el dinero para instalar un almacén y vivir en la casa que construyeron palmo a palmo.
“Tonino” cursó la primaria y la secundaria en escuelas del partido de 3 de Febrero y pese a que se ocupaba del reparto y las cuentas del comercio logró graduarse como Ingeniero Agrónomo en la Universidad de Buenos Aires.
Cuando conoció a Emperatriz y se comprometieron se instalaron en una precaria casa de la Quebrada de Humahuaca. Allí consiguió trabajo como maestro y tasador del Banco Nación en las provincias de Formosa y en Jujuy, donde vivieron hasta el año 1957, con sus dos primeras hijas.
Durante ese año se trasladó a San Pedro, para integrarse a la primera estación experimental del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria de San Pedro. Años más tarde sería el primer Jefe de la Agencia de Extensión del INTA de la ciudad.
Cuando apenas había cumplido 40 años y ya había nacido su hija Lilí, logró regresar a Italia a conocer a la familia de la que se había despedido sin saber si volvería a verla. Por primera vez sus padres tuvieron noticias reales de la ciudad natal.
Fue activo colaborador de asociaciones intermedias, fundador de Consorcio de Exportadores de Frutas de San Pedro, miembro del Rotary Club, integrante de la Comisión Directiva de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos, socio del Club Náutico San Pedro y participante de diversos congresos en el exterior. Autor del libro “El cultivo del banano”, de divulgación agropecuaria en el norte de la República Argentina y escritor de poemas publicados en dos libros.
Antonio fue un hombre tan sencillo como importante en la participación en todo tipo de iniciativas, incluidos los viajes que organizaba con productores y viveristas que comenzaron a crecer con el sueño de exportar su producción a distintos países del mundo. De hecho, pudo comprar sus primera ocho hectáreas de plantas de duraznos y olivas. Años más tarde, compró otros predios rurales donde plantó nueces pecans, cítricas y todo tipo de nectarinas. Hasta allí llegaba en camioneta con la caja cargada de nietos que llegaron a conocer “la quinta” cada fin de semana.
Meses antes de morir, Antonio viajó junto a hijos y nietos a su pueblo natal soñando con recuperar la ciudadanía italiana la que había tenido que renunciar para poder trabajar en una repartición estatal de Argentina. Meses después de su muerte, su hija Lilí y su nieto Federico, lograron recuperar la identidad italiana para todos los descendientes cerrando un virtuoso círculo para una vida tan intensa.